La medina de Fez, uno de los grandes tesoros de Marruecos
Fez: una ciudad que enseña a valorar el trabajo de las personas
La medina de Fez es uno de esos lugares que no se olvidan fácilmente. Si me preguntáis por Fez, nunca empiezo hablando de sus monumentos. Lo primero que os diré es que es una ciudad de artesanos. Una ciudad donde, en algunos rincones, parece que el tiempo se haya detenido. Basta con asomarse a las curtidurías o quedarse unos minutos observando cómo un artesano da forma a un zellige para entender que aquí muchas cosas siguen haciéndose igual que hace siglos.
A mí, personalmente, Fez me encanta. Hay quien dice que no es una ciudad limpia. Yo creo que esa es precisamente una parte de su autenticidad. Fez no intenta esconder cómo es. Aquí se sigue vendiendo el pollo o el cordero vivo, se tiñen las pieles, se trabaja la madera, el cobre o la cerámica delante de tus ojos. No es un decorado preparado para el turismo; es una ciudad donde la gente vive y trabaja cada día, igual que lo ha hecho durante generaciones. Esa es también la forma en la que entendemos este país en nuestras rutas privadas por Marruecos: viajando despacio para descubrir a las personas que hay detrás de cada lugar.
Pero si hay algo que siempre me llevo de Fez es una reflexión. Pasear por su medina también es una forma muy humilde de comprender el valor que hay detrás de las cosas. Detrás del pan recién hecho hay un panadero que se ha levantado de madrugada. Detrás de una cuchara de madera hay un carpintero con las manos desgastadas de tanto tallar. Detrás de un mosaico de zellige hay horas de paciencia, precisión y un oficio aprendido durante toda una vida.
Quizá por eso, después cuesta más regatear sin pensar. Porque cuando has visto cómo trabajan esas personas, entiendes el sacrificio y el esfuerzo que hay detrás de cada pieza.
Una medina donde cada barrio tiene su propio oficio

Bab Jdid, puerta de acceso al barrio de los curtidores de la medina de Fez.
Una de las cosas que más me sorprende de Fez es que la medina sigue organizada por barrios de oficios. No es casualidad encontrarte primero con los carpinteros, después con los herreros, más adelante con los tintoreros o terminar en el barrio de los curtidores. Cada oficio ocupa su propio espacio y, mientras caminas, tienes la sensación de ir descubriendo pequeños mundos dentro de una misma ciudad.
Eso hace que recorrer la medina sea una experiencia completamente diferente. No vas pasando simplemente de una calle a otra. Vas entrando en barrios donde cambian los sonidos, los olores e incluso el ambiente. En un momento escuchas el golpe constante de los herreros trabajando el metal. Un poco más adelante aparece el olor de las pieles en las curtidurías de Fez. Después llegan los carpinteros, con las puertas abiertas de sus talleres y las manos cubiertas de serrín, o los artesanos del zellige, colocando una a una las pequeñas piezas que acabarán formando un mosaico.
Lo más bonito es que nada de esto está preparado para el turista. No son demostraciones ni recreaciones de cómo se trabajaba hace siglos. Son personas que siguen viviendo de su oficio y que, cada mañana, levantan la persiana de su pequeño taller para continuar una tradición que ha pasado de padres a hijos durante generaciones.
Es una de las razones por las que siempre decimos que lo esencial de Marruecos no es solo visitar monumentos, sino aprender a observar cómo vive su gente.
Quizá por eso, cuando paseo por la medina de Fez, muchas veces dejo de mirar los edificios para fijarme en las personas. Al final, son ellas las que dan sentido a esta ciudad y las que consiguen que, siglos después, Fez siga siendo un lugar diferente a cualquier otro.
Las curtidurías: un oficio que merece ser entendido
Si hay un barrio que representa la esencia de la medina de Fez, ese es el de las curtidurías. Es uno de esos lugares que nunca dejan indiferente. Antes incluso de verlas, es muy probable que las huelas.
Cuando llegas al mirador y contemplas las decenas de cubas llenas de tintes naturales, con los artesanos moviéndose de una a otra como si repitieran un gesto aprendido hace siglos, entiendes por qué este es uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad.
Lo que más me impresiona no son los colores. Es pensar que el proceso de transformación de la piel sigue realizándose de una forma muy parecida a como se hacía hace cientos de años. Mientras el resto del mundo ha cambiado, aquí todavía hay personas que conservan un oficio transmitido de generación en generación.
Y, si os soy sincera, siempre hay una pregunta que me viene a la cabeza cuando visito las curtidurías. ¿Cuántos de nosotros seríamos capaces de pasar una jornada entera realizando este trabajo? Es fácil admirarlo desde un mirador, pero muy distinto imaginarse allí abajo, manipulando pieles y utilizando métodos tradicionales como el estiércol de paloma para tratarlas.
Creo que es en ese momento cuando dejas de mirar las cubas y empiezas a mirar a las personas. Comprendes el esfuerzo físico que requiere este oficio y el enorme valor que tiene que todavía existan familias que han dedicado toda una vida a mantener viva esta tradición.
Después de visitar las curtidurías, resulta imposible volver a mirar una pieza de cuero de la misma manera. Detrás de cada bolso, de cada cinturón o de cada par de babuchas hay muchas horas de trabajo, experiencia y dedicación. Si queréis descubrir cómo funcionan las curtidurías de Chouara, por qué las cubas tienen diferentes colores, cómo se transforman las pieles y conocer todos los detalles de este lugar único, os lo contamos en nuestro artículo sobre la Curtiduría de Chouara, en la medina de Fez.

Un curtidor trabaja de forma artesanal entre las cubas de la curtiduría de Chouara, uno de los oficios más antiguos de la medina de Fez.
Cómo recorrer la medina de Fez sin perderse
Si nunca habéis estado en Fez, hay algo que debéis saber antes de cruzar Bab Bou Jeloud, la puerta más famosa de la medina. Es muy fácil desorientarse. La medina está formada por miles de callejuelas que se entrecruzan y, aunque ese es parte de su encanto, también puede convertirse en un problema si no conocéis la ciudad.
Después de muchos años organizando rutas por Marruecos, hay un consejo que siempre damos a nuestros viajeros. Si vais por vuestra cuenta, procurad caminar por las calles donde haya más movimiento y evitad adentraros en callejones poco transitados si no sabéis exactamente hacia dónde conducen. La medina de Fez es segura, pero cuando uno se siente perdido es más fácil aceptar la ayuda de personas que, después, os pedirán una propina por haberos acompañado.
Por ese motivo, si disponéis de un solo día para visitar Fez, nuestra recomendación es visitar Fez con un guía oficial. No solo porque conoce la medina como la palma de su mano, sino porque os ayudará a comprender cómo está organizada, os explicará la historia de sus barrios de oficios y os llevará hasta rincones que, de otra manera, probablemente pasarían desapercibidos.
Además, hay algo que muchas personas no imaginan antes de viajar. La medina de Fez no se conoce en unas horas. Es una ciudad inmensa, llena de historia, de pequeños talleres, mezquitas, madrasas y plazas escondidas. Pretender recorrerla sin conocerla y sin orientación suele significar perder tiempo y dejar de ver lugares realmente interesantes.
Nuestra experiencia nos ha enseñado que Fez se disfruta mucho más cuando entiendes lo que estás viendo. Y para eso, un buen guía no solo evita que os perdáis; consigue que cada rincón tenga una historia que contar.
Bab Bou Jeloud: la puerta de entrada a la medina de Fez

Bab Bou Jeloud, conocida como la Puerta Azul, es la entrada más emblemática a la medina de Fez.
La mayoría de viajeros comienza su visita a Fez cruzando Bab Bou Jeloud, conocida como la Puerta Azul. Construida en 1913, se ha convertido en uno de los símbolos más reconocibles de la ciudad y en el acceso principal a la medina.
Si os fijáis bien, comprobaréis que cada lado de la puerta tiene un color diferente. Desde el exterior predominan los mosaicos azules, un color tradicionalmente asociado a Fez. En cambio, desde el interior los azulejos son de color verde, el color del islam.
Pero lo más importante no es la puerta en sí. Lo que realmente impresiona es lo que ocurre al cruzarla.
En apenas unos pasos dejaréis atrás el tráfico de la ciudad moderna para adentraros en un mundo completamente distinto, donde desaparecen los coches y las calles vuelven a pertenecer a los peatones, a los artesanos y a los pequeños comercios que llevan generaciones abiertos.Bab Bou Jeloud no es solo una de las puertas de la medina; es el comienzo de un viaje a varios siglos atrás.
Al Quaraouiyine: el lugar donde nació una de las universidades más antiguas del mundo
Muchos viajeros llegan hasta Al Quaraouiyine pensando que van a visitar únicamente una mezquita. Sin embargo, este lugar ocupa un sitio privilegiado en la historia de Fez y del conocimiento.
Fundada en el siglo IX por Fátima al-Fihri, Al Quaraouiyine está considerada por muchos historiadores como la universidad en funcionamiento más antigua del mundo. Durante siglos fue un importante centro de enseñanza, por el que pasaron estudiosos de diferentes disciplinas y que contribuyó al prestigio intelectual de la ciudad.
Actualmente, los visitantes no musulmanes no pueden acceder al interior de la mezquita, pero sí es posible contemplar algunos de sus patios y puertas desde distintos puntos de la medina. Aun así, merece la pena acercarse hasta ella para comprender la enorme importancia que tuvo Fez como uno de los grandes centros culturales del mundo islámico.Si queréis conocer la historia de Al Quaraouiyine, descubrir quién fue Fátima al-Fihri y entender por qué este lugar es tan importante, os lo contamos con todo detalle en nuestro artículo dedicado a la Mezquita y Universidad Al Quaraouiyine.
La Madrasa Bou Inania: una obra maestra de la arquitectura meriní
Entre los monumentos más destacados de la medina de Fez, la Madrasa Bou Inania ocupa un lugar muy especial. Aunque desde el exterior pueda parecer un edificio más, su interior guarda uno de los mejores ejemplos de la arquitectura meriní que se conservan en Marruecos.
Construida en el siglo XIV por el sultán Abu Inan Faris, esta madrasa fue una escuela coránica donde los estudiantes residían mientras recibían formación religiosa. A diferencia de otros edificios históricos de Fez, hoy es uno de los pocos monumentos religiosos que pueden visitar los viajeros no musulmanes.
Al cruzar su puerta, es difícil no detenerse a observar cada detalle. Los mosaicos de zellige, la madera de cedro tallada a mano, los delicados estucos y el tranquilo patio central reflejan el extraordinario trabajo de los artesanos de la época.
Después de recorrer los barrios de oficios de la medina, este lugar se contempla con otros ojos. Es fácil imaginar que muchos de los antepasados de los artesanos que todavía trabajan hoy en Fez participaron en la construcción de edificios como este. La Madrasa Bou Inania es la prueba de que la artesanía marroquí no solo servía para crear objetos cotidianos, sino también auténticas obras de arte capaces de perdurar durante siglos.
Si tenéis tiempo para visitar el interior de un monumento histórico durante vuestro recorrido por la medina, la Madrasa Bou Inania es, sin duda, una de las visitas que más recomendamos.
La plaza Seffarine: donde el cobre sigue sonando como hace siglos

La plaza Seffarine es conocida por sus talleres de caldereros, donde los artesanos siguen trabajando el cobre de forma tradicional
Si mientras camináis por la medina empezáis a oír un tintineo constante, una especie de música de martillos desacompasados, es muy probable que estéis llegando a la plaza Seffarine.
Aquí trabajan los caldereros de Fez. Mientras muchos viajeros continúan su camino, ellos pasan horas dando forma al cobre exactamente igual que lo aprendieron de sus padres y de sus abuelos.
No encontraréis un espectáculo preparado para los turistas ni una demostración para llamar la atención. Lo que veréis es el trabajo de cada día. Artesanos concentrados en su oficio, golpeando el metal con una precisión que solo se consigue después de muchos años de aprendizaje.
Si os detenéis unos minutos a observar, descubriréis que detrás de una bandeja, una tetera o un cuenco de cobre hay mucho más que un objeto bonito. Hay paciencia, experiencia y cientos de golpes de martillo que transforman una simple lámina de metal en una pieza única.
La plaza Seffarine es uno de esos lugares que ayudan a entender por qué Fez sigue siendo considerada la capital artesanal de Marruecos. Aquí los oficios tradicionales no forman parte de un museo ni de una representación para los visitantes; siguen siendo el trabajo diario de muchas familias.
Nuestro consejo es muy sencillo: antes de sacar la cámara, dedica unos minutos a escuchar. El sonido de los martillos forma parte de la identidad de este rincón desde hace siglos y, probablemente, será uno de esos recuerdos que seguirán acompañándoos mucho tiempo después de regresar de Marruecos.
Los dos barrios que dieron origen a la ciudad de Fez
Hoy recorremos la medina como si siempre hubiera sido una única ciudad, pero no fue así.
Hace más de mil años, Fez nació a partir de dos barrios situados a ambos lados del río. En uno se establecieron familias procedentes de Al-Ándalus y en el otro llegaron emigrantes de Kairuán, una importante ciudad del actual Túnez.
Cada comunidad conservó durante un tiempo sus propias costumbres, sus mezquitas y su forma de organizar la vida diaria. Con el paso de los años, ambos barrios fueron creciendo hasta unirse y dar lugar a la gran ciudad que conocemos hoy.
Todavía hoy es posible encontrar referencias a ese pasado. La Mezquita de los Andaluces y la Mezquita de Al Quaraouiyine recuerdan el origen de aquellas dos comunidades que contribuyeron al desarrollo cultural, religioso y comercial de Fez.
Conocer esta historia ayuda a comprender que Fez no surgió de la noche a la mañana. Es una ciudad construida gracias a la convivencia de diferentes pueblos, culturas y tradiciones, una mezcla que todavía hoy puede sentirse al recorrer sus calles.
Las Tumbas Meriníes: la mejor panorámica de la medina de Fez

Después de recorrer el laberinto de calles de la medina, subir hasta las Tumbas Meriníes permite contemplar Fez desde una perspectiva completamente diferente.
Situadas en una colina, estas antiguas tumbas pertenecieron a la dinastía meriní, que gobernó Marruecos entre los siglos XIII y XV. Hoy apenas se conservan algunos restos, pero el verdadero atractivo del lugar está en las vistas que ofrecen sobre la ciudad.
Desde aquí se aprecia la inmensidad de la medina, un entramado de tejados, minaretes y callejuelas que ayuda a comprender por qué Fez está considerada una de las ciudades medievales mejor conservadas del mundo.
Desde esta panorámica se comprende realmente lo compleja y laberíntica que es la medina de Fez. Después de recorrer sus estrechas calles, verla desde lo alto permite hacerse una idea de su enorme extensión y entender por qué resulta tan fácil desorientarse.
Es una de esas vistas que ayudan a entender Fez mucho mejor que cualquier plano. Por eso, si disponéis de tiempo, os recomendamos subir hasta las Tumbas Meriníes, deteneros unos minutos y contemplar la ciudad desde la distancia antes de continuar vuestro viaje.
El Palacio Real: unas puertas que se han convertido en el símbolo de Fez

Aunque el interior del Palacio Real no puede visitarse, sus monumentales puertas de bronce son uno de los grandes símbolos de Fez. Sus relieves y motivos geométricos reflejan la extraordinaria tradición artesanal de la ciudad y convierten este lugar en una de las paradas imprescindibles durante la visita.
Dar al-Makhzen sigue siendo una residencia oficial de la familia real marroquí cuando se encuentra en Fez. Por ese motivo, el acceso al recinto está restringido y únicamente es posible contemplarlo desde el exterior.
Sin embargo, basta detenerse unos minutos frente a sus siete puertas monumentales para entender por qué este lugar se ha convertido en uno de los símbolos de la ciudad. El equilibrio entre el bronce, el zellige, la madera de cedro tallada y el yeso esculpido convierte su fachada en una auténtica obra de arte.
Después de recorrer la medina, el Palacio Real adquiere un significado diferente. Su fachada reúne en un solo lugar algunos de los oficios artesanales más representativos de Fez. Es como un homenaje al extraordinario trabajo de los artesanos que, generación tras generación, han dado forma a la identidad de la ciudad.
Solo falta uno: el cuero. Para descubrir ese último oficio hay que regresar al corazón de la medina, donde las históricas curtidurías siguen trabajando como lo han hecho durante siglos.
El ritmo de Fez
Con el paso de los años hemos aprendido que Fez no se entiende solo visitando sus monumentos. Se entiende observando cómo despierta cada mañana. Cuando las tiendas levantan sus persianas, los artesanos vuelven a sus talleres, los carros y los burros recorren la medina, el pan empieza a salir de los hornos y la llamada del almuecín anuncia el inicio de una nueva jornada. Cada barrio recupera entonces el ritmo que lleva siglos marcando la vida de la ciudad.
Y cuando cae la noche, ocurre justo lo contrario. Poco a poco las calles se vacían, las puertas se cierran, las familias regresan a sus casas y la medina recupera una calma que sorprende a quien solo ha conocido el bullicio de las primeras horas del día. De nuevo, la voz del almuecín acompaña el final de la jornada mientras Fez vuelve a recogerse hasta el amanecer siguiente.
Quizá esa sea la mejor manera de descubrir Fez: sin prisas, dejando que sea la propia ciudad la que marque el ritmo. Porque más allá de sus monumentos y de su historia, lo que hace especial a Fez es la vida que sigue latiendo cada día entre las calles de su medina.
Fez no solo es una ciudad fascinante para visitar, sino también uno de los mejores puntos de partida para descubrir Marruecos. Desde aquí es posible comenzar rutas hacia el desierto del Sahara, Chefchaouen, Meknes, Volubilis o Marrakech. Si disponéis de varios días, combinar la medina con el Valle del Ziz, las gargantas del Todra o Aït Ben Haddou os permitirá descubrir un Marruecos mucho más completo.
Cuando dejéis atrás Fez
Y cuando dejéis atrás Fez, probablemente no recordaréis el nombre de todas las puertas ni de todas las plazas. Pero es muy posible que sí recordéis el sonido de los martillos en Seffarine, el olor del pan recién hecho al amanecer, la ramita de menta entre las manos frente a las curtidurías o la voz del almuecín marcando el ritmo de una ciudad que, siglos después, sigue viviendo fiel a sí misma.
Porque, al final, los mejores recuerdos de Fez no suelen guardarse en una fotografía. Se quedan en los pequeños detalles, en las personas que conocéis por el camino y en esa forma tan especial de entender la vida que convierte esta ciudad en un lugar imposible de olvidar.